
Perturbador fue mi despertar, sobresaltado; quizá por una pesadilla o resultado del reclamo de mi conciencia, ¿Conciencia? ¿En realidad la tengo? No sé si a un ser de profunda oscuridad se le permita tener una. La luna se posa lentamente en el negro firmamento, sumergiendo a mi habitación con su plateado resplandor, con esa luz irreal, cuya esencia es insinuar y jamás revelar.
El resto de mi aposento permaneció en la oscuridad solida y opresiva a la vez, dejando caer su rara beldad, aquella que seduce y que sin darte cuenta te tiene bajo su encanto, aquel que te mantiene cautivo.
Me tomó unos minutos recuperar la respiración y con ello tomar conciencia de la realidad. Los ecos de un raro y extraño sueño interrumpido, aferrándose a mi mente; negándose a salir de ella, poniendo resistencia ha ser revelado, comprendido para encontrar la causa de su origen, el motivo que pudo darle pauta a su maquiavélica marcha en mi oscura mente. ¿A caso fue una pesadilla? En realidad no lo sé.
En ese instante no lo recordaba, y no lo quería hacer, que sentido tendría hacerlo. A medida que mis ojos se habituaban a la penumbra, vislumbre lo prosaico y desolado que era mi lúgubre habitación, suplicante de necesitar la agonizante luz de la luna. Traté de reincorporarme, me senté a la orilla de mi frío lecho, con la mirada perdida en el oscuro y frio suelo, pasando mis blancas manos por mis negros cabellos, como esperando que el silencio revelará su más secreto y místico secreto. Alcé la vista, fue cuando algo atrajo mi atención; congelando el aire que forzadamente respiraba, paralizando y a su ves entumeciendo todo sentido, no sé que efecto tuvo en mi que inmovilizo a mi aguda mente. Vi una luz, a penas un resplandor; clavé la mirada intentando descubrir la fuente de aquella misteriosa luz.
Intente penetrar la oscuridad, aquella oscuridad que envolvía a mi triste aposento, sin lograr nada, si ver ningún resplandor. Por un momento llegué a pensar que era un juego de mi soledad cuyo precio es recordarme la soledad de la eternidad, el precio de ser un ángel de sombras que nace con la luna y muere al amanecer. Tome aquel libro, ese que contiene mi historia, fue en ese preciso momento que lo vi, con absoluta claridad. Dos puntos resplandecientes situados al otro extremo de la habitación, sigiloso; rojo cual roja es la sangre, observándome.
Me paralicé por completa e inexplicablemente, preguntándome cómo podía ser posible que no me percatara de ello, de aquella presencia que profanaba mi fría habitación, cuestionándome cuanto tiempo llevaba observándome. Cuanto mas trataba de diluir la oscuridad en mi habitación, más oscura se tornaba.
Formule teorías lógicas e una velocidad frenética, tratando de encontrar una respuesta a la gran pregunta. En aquella pared en la que nunca hubo nada, al menos esta noche, había un algo que perturbaba a mi mente.
Fue cuando fugazmente me encontré con que esa pared vestía con un raro espejo. Gritando ¡Un espejo! ¡Un maldito y miserable espejo! El hecho me tranquilizo, quizá un poco. Y es cierto, el resplandor tenía su origen allí, de él emanaba esa luz que atrajo mi atención, pero ¿Cuál o quien era la fuente de aquella luz? Lentamente me puse de pie, sin mirar hacia delante dejando que los agudos sentidos me guiaran, mis pies se negaban a dar aquel primer firme paso, fue cuando me obligué a caminar, cada paso que daba era un esfuerzo consiente de voluntad hasta llegar a aquel espejo, me enfrente a él, lo vi.
Vi un ser de frío rostro y duro semblante y que a la vez irradiaba una rara belleza unida a una rara juventud, donde el cruel castigo del pasar del tiempo no ha tocado, unos ojos que reflejaban su verdadera edad, unos ojos que iluminaban su rostro.
En aquel reflejo que vi no había ninguna emoción expresada, una dura faz con los ojos fijos, muertos. No se si aquella faz pertenecía al sueño y la locura. Permanecí enfrentando a aquel reflejo que se proyectaba en ese miserable y lúgubre espejo, mi mente quedo fuera de todo sentido del tiempo, pareciendo que me absorbía haciendo que me perdiera en la nada, preguntándome ahora quien es el reflejo si yo o él. La oscuridad se torno a mí alrededor creciendo en densidad, y aquel al que veía permanecía en la más inescrutable penumbra.
Solo veía esos ojos, mis ojos; profundos como las negras aguas del mar bajo el manto de la madre noche. No sé si aquella pregunta que me hice fue en voz alta o para mis adentros o si apenas alcancé a pensarla. Vi que aquellos labios se movían, intentando articular alguna palabra, pero no salió nada. Nuevas incógnitas invadieron mi mente retorciéndola en un océano de confusión.
Medito frente a ese reflejo, pregunto en que lugar quedo el lado mortal de ese ser; si desaparece cada noche cuando sale en busca de su alimento. Los pocos minutos de cordura van tomando su inquisitivo ritmo dejando a las sombras toda posible respuesta, el resto de la realidad cobra sentido, o eso intenta hacer.
Viene a mi mente el recuerdo de una incauta muerte, de un cuchillo lacerando la carne, alimentándome de una mortal, sintiendo su vida correr por mis venas, penetrando en sus recuerdos, sus secretos son míos, alimentando mi alma con sus temores y miedos, oigo una risa que no es humana brotar por mis labios, como una letanía, diciendo – soy tu reflejo, qué no lo comprendes, date cuenta –.
Ahora comprendo quien es aquel reflejo, comprendo su existencia, entiendo la gloria de su ser como la de su oscuridad. Aquel que nace en las noches para morir en el alba y resurgir de nuevo entre los muertos, anhelando el despertar acompañado de la velada luz de la luna, guiando mi vida. Sé ahora que ese reflejo que proyecta este triste espejo soy yo, observo el esplendor de mi existencia, el edén de mi creación, la gloria de mi oscuridad.


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